This is us

Igual el cinismo es un destino del que no se vuelve. Una vez instalado en él, filtra cada experiencia y opinión sobre la vida y las personas que nos rodean, actuando como un muro de contención que impide penetrar sentimientos como la bondad o el optimismo. No hay que fiarse de nadie. No hay que bajar nunca la guardia. No. Nunca.

This is us es una bola de demolición que quiere echar abajo ese muro hablando sobre una familia que es, al final, nuestra familia. La familia, ese accidente, esa herida que nunca acaba de cerrarse pero que siempre está fresca. Hay conflictos, traiciones, mentiras, peleas, insultos pero hay, ante todo, un pulso contra el pesimismo, contra el impulso de tirar la toalla y largarse.

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¿Es cursi? En muchos momentos, pero lo es tan sutilmente que ni molesta. Cada vez que un problema asoma entre dos personajes empujándolos al desastre, la narración hace un parón y lo resuelve con humor. Como debería ser. No, como por desgracia, es. Con demasiada frecuencia nos lanzamos a destrozar al otro, a sacarle las tiras, a reducirlo a cenizas sin darle una oportunidad a la alternativa: pararse, pensar y renunciar a hacer daño.

Esta serie habla de gente imperfecta que hace lo que puede. Y tal y como está la vida, es mucho.

Conectado

– Ya has sufrido bastante – dijo acercándose lo suficiente para que la bata blanca lo rozara-. ¿Ves esos cables? Pega un tirón. Oye como se calla el sonido constante de la máquina. Olvida ya esos pitidos cada 5 segundos. Vuelve a respirar por ti mismo. Siente como el aire invade tus pulmones, oxigenando el cerebro, dándole brío a tu sangre. Ya está bien de diagnósticos, de gráficas y analíticas. Sal corriendo por esa puerta y no vuelvas. Deja atrás las quejas y los ruegos. Sé que ha sido duro. Abre la ventana y sal volando.

Se quitó la bata blanca, dejó las credenciales encima del escritorio y saltó.

Pirata 

Esta tarde he presenciado un acto de piratería, no de los que implican patas de palo, ron y tesoros sino de aquellos propios de nuestros días. Lo ha cometido una niña de unos diez años en un centro comercial. No daré más detalles para no comprometer su seguridad – no me extrañaría, con los tiempos que corren, que la encierren en un cuarto oscuro por ello -, he sido el único testigo del acto de pillaje y me niego a delatarla. 

Al principio me ha extrañado verla sentada en mitad del pasillo donde se encuentran los libros infantiles. Estaba absorta en su tarea y ni el trasiego de gente, la música o las voces de otros niños la distraían. Envidio esa capacidad de concentración pues nunca la tuve y ya dificilmente puedo aspirar a ella. Parecía leer algo y pasaba las páginas con rapidez. De vez en cuando levantaba la cabeza, pero pronto volvía al tajo. Un acercamiento furtivo me ha permitido comprobar que, en realidad, la niña estaba echando fotos a cada página para, más tarde, ya en su casa, poder leer el libro. 

Eso es lo que he visto y en unos instantes he imaginado la escena en que la niña pedía que le compraran el libro y recibía una negativa vaya usted a saber por qué. Ya tienes demasiados libros, o ahorra un poco y lo compras. La veo contando las monedas de la hucha y resoplando porque no le llega. Y también me maldigo por no poder darle un cofre lleno de monedas de oro relucientes con el que pueda comprar todos los libros de la estantería.

Me he tenido que conformar con ser el cómplice de esa pequeña pirata. 

Consulta 26

Entre el vaivén de citas imprimidas que pasan de unas manos a otras, suspiros por el calor acompañados del aleteo de los abanicos, dedos tamborileando en los asientos por los nervios, oídos atentos esperando escuchar el nombre del siguiente en pasar por el umbral, puertas que se abren y que se cierran dejando entrever la marea de pañuelos y enfermeras que ponen y quitan medicamentos, te veo cruzar el pasillo con paso lento.

Eres joven, tal vez un poco más que yo, o yo soy más que viejo que tú, lo que sitúa tu edad entre los 25 y los 30. Dejas caer tu coleta color castaño hacia la izquierda, aunque apenas llega a rozarte el hombro, pues parece que hace poco que has pasado por la peluquería. El calor de julio ha hecho que renuncies a peinados calurosos.No logro ver el color de tus ojos, pero por tu gesto pareces seria, lo que dibuja unas líneas en tu frente que en unos años serán arrugas. Pero ahora eso no te importa, el futuro está demasiado lejos.

Parece que vas a pasar de largo pero veo que te detienes, sacas un sobre del bolso y de él  un papel. Lo miras con atención, ignorando que he doblado el periódico, lo he dejado en el suelo y he centrado mi mirada en ti. Veo que dudas, que no tienes claro si estás frente a la consulta correcta, te muerdes el labio y no sabes si preguntar a una enfermera o a alguno de los que estamos allí sentados. En los segundos que dura tu titubeo, me dedico a repetir mentalmente las mismas palabras: ojalá y te estés equivocando. Ojalá hayas mirado mal el número de la consulta y la correcta se encuentre a mil kilómetros. Me digo que andes los pasos necesarios para alejarte de la puerta que estás mirando. Vete, por favor. Huye de la impotencia y la desesperación. Vete lejos de empeñar todas tus fuerzas en luchar contra algo tan minúsculo y tan letal. No quiero que te sientes frente a una bata blanca, que pasa distraída las páginas de un pdf  lleno de  resultados con las maneras de un operario que cambia las mismas piezas durante ocho horas, que por fin te mira por debajo de los ojos y te asesta el golpe sin paños calientes.

Parece que sales de la duda y en lugar de caminar de frente, giras un poco sobre ti y te encaminas hacia otro pasillo. Y yo respiro aliviado al tiempo que te pierdes entre camillas, celadores y médicos. Con la fe de que no vuelvas a tener en tu vida un duda semejante.

Planta baja

El dolor de muelas le despertó de madrugada. Miró con los ojos legañosos el reloj y resopló fastidiado por haberse espabilado tan temprano. Una vez que se despertaba le resultaba prácticamente imposible volver a dormir. Era un defecto que acarreaba desde niño. Sintió una punzada en la vejiga y decidió levantarse para aliviar el dolor y las ganas de mear.

Dio dos pasos y oyó ruido en la planta de abajo.

No se trataba del crujido de los muebles o del molesto zumbido que hacía el calentador cuando se encendía. Era otra cosa. Algo más inusual.

Lo que escuchó en la planta baja de su casa, la estancia que reservaba para la cocina, el salón, un baño y el garaje, eran gritos de dolor.

Llevaba tres días solo y por un momento llegó a pensar que esos sonidos tan desagradables eran producto de pasar tanto tiempo en silencio, como si su mente se rebelara ante la necesidad de escuchar otras voces, pero pronto un nuevo grito lo sacó de la duda.

Al principio los gritos se espaciaban de cinco en cinco minutos y él los escuchaba petrificado en la puerta de su habitación pero no tardaron en acortar ese periodo hasta convertirse en un zumbido permanente que hacía retumbar los muros de su hogar.

Nunca había sido un hombre demasiado valiente pero decidió armarse con lo primero que tenía a mano,  bajar a la planta baja y buscar la habitación de donde procedían los gritos.

Bajó un peldaño, luego otro y así, agachando instintivamente el cuerpo, se asomó al hueco de la escalera para averiguar el origen de aquel jaleo. No tardó en notar como el corazón bombeaba sangre a borbotones, sintiendo esa presión en las sienes que te produce la descarga de adrenalina. Se secó el sudor de la frente con la mano que tenía libre y puso sus pies en el último peldaño.

Todo parecía provenir del salón, pero ya no eran solo gritos, mezclados con ellos, empezaron a escucharse maldiciones, insultos y por último, súplicas.

Por fin pudo ver algo: dos hombres se turnaban para golpear a un tercero que se encontraba atado a una silla que reconoció de inmediato. Era la misma donde sentaba a su hijo para darle de comer.

Agarró fuerte el atizador mientras trataba de obtener información sobre los agresores. Logró muy poca: vestidos con vaqueros y jersey negro, llevaban además un pasamontañas que les cubría todo el rostro salvo los ojos.

Un chillido más intenso que los anteriores provocó que desviara la atención de esos hombres y la fijara en el hombre al que golpeaban sin piedad. Parecía inconsciente.

Buscaba la manera de reconocer a ese desconocido que estaba siendo apaleado en su salón. En un último arrebato de fuerza, la víctima logró alzar la cabeza.

No entendía lo que tenía en frente.

Se vio a sí mismo atado a la silla favorita de su hijo, con la cara hinchada y escupiendo un par de muelas mezcladas con sangre y saliva.

 

Fotografías

Duda unos instantes que le parecen eternos y al final decide abrir la caja y sumergirse en el pozo de recuerdos que alberga en su interior. Rebusca y sus manos rozan una fotografía. Casi se corta con ella. La saca del montón y la contempla extrañado: ha desaparecido de ella.

Por más que se busca en el sitio donde debería aparecer, justo en la tercera posición empezando por la izquierda abrazado por la cintura a uno de sus viejos amigos, solo encuentra un hueco. Como si alguien hubiera usado algún programa de edición para borrarle de aquella foto. Pero es imposible. La fotografía tiene más de 10 años y jamás ha salido de la caja.

Recuerda perfectamente aquella noche. Recuerda a la gente con la que aparece en ella. Recuerda qué se dijeron, qué se prometieron. Recuerda las risas, el humo y las ojeras. Se recuerda y le dan ganas de agarrar al tiempo y estrujarlo para poder asomarse desde este momento por un agujero a esa noche y decirse que no confíe. Pero es imposible.

No es necesario viajar en el tiempo, trastearlo y modificar las líneas temporales para acabar desapareciendo de algunas fotografías. Basta con tomar decisiones.

En la plaza da la sombra

Llegó al pueblo cansado.

No era necesario fijarse en el sudor que empapaba su camisa ni en el polvo que acumulaba en el calzado y los pantalones para comprobar que el camino había sido penoso. Buscó donde dejar atado al caballo antes de meter la cabeza y las manos en la primera fuente que viera. El animal, viejo pero aún fuerte, reaccionó a la caricia que su dueño le hizo en el lomo y esperó obediente.

El hombre se mesó la barba y contó mentalmente las balas que le quedaban en el revólver. Concluyó que con cinco tendría bastante pero tras el recuento comprobó que solo tenía tres. También tengo dos manos que, pensó, aunque llena de callos y arrugas todavía podían destrozar alguna que otra mandíbula.

No tenía claro cómo lo haría, solo que iría de cara. Nada de trucos. Quería mirar a los ojos de esos bastardos y ver cómo se les consumía la vida, por eso la idea de estrangularlos le seducía cada vez más. Un disparo podía ser letal pero la sensación de hacer algo con tus propias manos era todavía algo que valoraba.

No tardó en verlos en la plaza del pueblo. Distraídos, bebiendo y riendo como si la vida no fuera con ellos. Es el precio que se paga por ser joven. Crees que el futuro está lejos y que jamás llegará, por eso te instalas en el cómodo presente, donde no hay preocupaciones o remordimientos. Solo placer.

Y placer es el que se sintió cuando desenfundó y apuntó al primero de ellos. Cerró un ojo mientras cogía firme la culata del revólver. Sentía el peso del arma, el sudor cayendo por su frente, el corazón latiendo como si fuera un tambor.

Cuando oyó el disparo sintió confusión.

No oyó gritos.

No vio humo salir de su arma.