Oscuras golondrinas

CAPÍTULO TRES

El retorno de la golondrina

No tardé en encontrar un sitio que me sirviera de escondite. Me llevó casi media hora dar con ella pero tras equivocarme un par de veces allí estaba, como un fantasma. Visité la casa de mis padres, o más bien su espejismo. El lugar que ocupó era ahora un bar, y no lo deduje por la pinta de la fachada sino por un letrero de una marca de cerveza que llevaba años sin fabricarse. Decidí entrar y cuando crucé la cortina de bolas sentí el mismo vértigo que deben experimentar los viajeros del tiempo. Costaba trabajo imaginar a una familia viviendo en ese espacio, en el mismo lugar donde estaba colocada la barra había antes un sofá donde veo a mis padres ignorando el programa que daba el televisor e ignorándose entre ellos, en silencio, aquel era un silencio espeso, pero no incómodo, construido a base de años de relación, de rutina, de duelos y de alegrías y una comunicación que en muchas ocasiones no precisaba más allá del mero gesto. Los veía allí  y a mí acostado a sus pies, con la espalda desnuda apoyada en la baldosa del suelo para huir del calor veraniego, prestando toda la atención del mundo a la televisión mientras los tres nos comíamos un café con leche congelado.

Recuerdo esos días con más intensidad de la que me gustaría, no soy dado a la nostalgia ni a lamentar tiempos pasados, pero venir aquí y estar en contacto con tanto espectro tocaba las teclas adecuadas para dejarse llevar por ella. Y más cuando giraba un poco la vista y veía el rincón donde estaba la cocina, y a mi padre tirado en ella, rebuscando en la nevera, con la barba larga y descuidada, y a mi madre posando la mano en su hombro, esquivando las miradas, sabiéndose derrotados. No me ayudaron esos recuerdos pues volví a experimentar la rabia, la ira contenida. El odio.

– Llevamos un rato buscándote – Ignoro cuánto tiempo llevaba Jaime detrás de mí, pero estaba ya borracho por la manera en que se acercaba a mí y arrastraba las palabras en su boca.

– Ya, necesitaba un poco de aire. Y mira donde he acabado. ¿La reconoces?

– Claro, cómo no. Aquí hemos jugado. Fue justo allí – señaló un hueco donde estaba mi cuarto – fue donde se te metió por la nariz arroz inflado. Joder, echabas sangre como un cerdo.

No le reí la gracia. Esta vez no.

– Escucha, Isma.

– Ismael.

-¿Disculpa?

– Me llamo Ismael. Deja de llamarme Isma. Hace años que nadie me llama así.

– Claro, Ismael. Eso, Ismael. El presidente. El tipo con poder. Sé que no es fácil, lo que te pedimos, quiero decir. Pero eres la última bala que tenemos en la recámara. Isma, Ismael – se corrigió – el pueblo, nuestro pueblo, va a desaparecer. Míranos, ¿nos imaginas empezando de cero? Tienes que ayudarnos o todo se irá a la mierda.

– ¿A la mierda? ¿Has visto lo que queda del pueblo? Casi nadie viene ya aquí. Yo mismo llevaba años sin pisar hasta que me llamaste. Imagino que os habrán ofrecido un buen dinero por las expropiaciones. Cogedlo. Es mi consejo.

– Hablas como si no quisieras una solución.

Lo miré y él me sostuvo la mirada antes de coger el vaso de tubo y darle otro trago al cubata. Oí con precisión cómo golpeaba el cubito de hielo contra el culo del vaso y escuché ese mismo sonido muchos años antes, pero era mi madre la que sostenía el vaso. La que intentaba anestesiarse y no sentir nada.

– ¿Que no quiero…? Joder, estás en mi puta casa. Aquí vivieron mis padres. Y mira ahora. Un bar. Irónico, ¿verdad? Hijo de puta.

Empezaba a perder los nervios, hinqué mis uñas en el muslo para que el dolor me calmara. No convenía dar motivos para una demanda.

– Pero murieron. Y te fuiste.

– Murieron, sí. ¿Recuerdas quién fue al entierro?

– ¡Todo el pueblo!

– Parece que en este caso te falla la memoria. Todo el pueblo fue a mi casa, y de tapadillo, en pequeños grupos, por miedo a que os vieran. Al alcalde sí lo recordarás, tu querido tío, del que os escondisteis, de él y sus vasallos. Sus pajaritos. Ese hijo de la gran puta – otro exabrupto, tenía que ser el último -, que le negó el pan y la sal a mi padre porque no le votó y tuvo la osadía de decírselo.

Jaime me miraba sin saber qué decir.

– ¿Sabes lo que es ver a mis padres tirados en un sofá porque nadie les daba trabajo? Los condenaron y a mí con ellos. En este, nuestro pueblo, tan pequeño, tan íntimo, donde todos nos conocíamos.

Jaime abrió la boca pero no se atrevió a hablar. Temblaba, y esa debilidad me permitió dar el estocazo final.

– ¿Sabes que me prometí el día que enterré a mis padres? Justo cuando la tierra caía sobre la tumba, un pensamiento cruzó por mi cabeza y ahí ha estado presente desde entonces. Jamás lo he perdido de visto. Jamás he hecho algo que me desviara de él.

– ¿Que te irías y no volverías? – Jaime se recompuso lo suficiente para contestarme-. Tal y como hiciste. Puede que el pueblo puteara un poco a tus padres, como a tantos otros, pero tú has olvidado de donde vienes. Todo esto ha sido un puto error.

– No, Jaime. No me prometí eso. Claro que regresé, y vosotros ni os enterasteis, muchas noches pasé aquí. Y he seguido de cerca lo que aquí pasaba. No, no prometí olvidarme. Prometí que algún día reduciría a polvo esta mierda de pueblo.

– Eres un resentido. Y un cabrón – Jaime dio dos pasos en mi dirección.

– Presta atención porque esto que te voy a contar te interesa. Hace unos meses cené con un colega de partido y me habló de cierto proyecto de autovía. ¿Sabes que la idea inicial era que pasara a unos pocos kilómetros de aquí? Me interesé por la idea y le pedí que me mandara la documentación. ¿Sabes qué hice?

– Eres un gilipollas. Y un amargado. Solo como estás, sin nadie que te caliente la cama, es normal que te dediques a joder a los además. Has llegado muy alto. Deja de mirarme con esa mezcla de desprecio y superioridad – Jaime alzó la voz hasta llegar al grito -. Siempre te has creído mejor y eres la misma mierda que nosotros.

– Tal vez, uno se hace con la pasta que le dan al nacer. Por eso, cuando vi el proyecto, llamé a mi colega y le propuse un cambio: la autovía, pasando por nuestro pueblo, tu pueblo, ahorraría costes. Saldría más barata, aunque eso implicara que este agujero con cuatro casas y un bar desapareciera. Escúchame bien, no soy vuestra última bala, soy la bala que os matará.

El puñetazo me alcanzó justo en la sien.

Y perdí el sentido.

FIN

 

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